viernes, 18 de noviembre de 2016



ARISTÓTELES

1. La cuestión moral: virtud y felicidad.

Aristóteles basa su ética en que el fin de todos los seres humanos es la felicidad. Pero siempre en base a una concepción teleológica., analizando la especie humana mediante una visión analítica, y desde una postura mecanicista.

Para concretar en que consiste la felicidad distinguió dos actitudes:

Dejar que cada uno determine por sí y a su arbitrario que puede hacerle feliz, dicha actitud renunciaría a la teoría moral (al desentenderse de la cuestión).

Se adopta una actitud teórica, y la pregunta solo puede ser respondida analizando la naturaleza humana. Así pues la felicidad consiste en el ejercicio de la actividad propia de cada ser, en esta teoría vemos una clara continuación de la concepción teleológica de la naturaleza.

Dicho esto destacamos que para el hombre la actividad más propia y natural es la actividad racional y por tanto, la forma más perfecta de felicidad para el hombre ha de ser la actividad contemplativa, fácticamente irrealizable para la inmensa mayoría de los hombres, así pues el ser humano ha de contentarse con una felicidad limitada (felicidad absoluta solo propia de Dios). Pero para alcanzar esta forma humana de felicidad se exige la posesión de ciertos bienes corporales (salud, etc.) y (medios económicos); y además muy especialmente la posesión de las virtudes morales.

Las virtudes.

Las virtudes intelectuales (dianoética). Son excelencias, hacen que nuestro conocimiento sea excelente. Entre este tipo de virtudes Aristóteles una de enorme importancia para la vida práctica: la prudencia (platón como la virtud propia de la razón, la parte superior del alma) la cual determina atinadamente qué es lo correcto y adecuado en el ámbito práctico de la conducta, para acostumbrarnos a razonar se procede a un estudio matemático.

Las virtudes morales. Perfeccionan el carácter, el modo de ser y de comportarse. Hacen que nuestro carácter sea excelente. Estas virtudes o excelencias morales son disposiciones estables (hábito de elegir), que nos facilitan en cada caso lo más correcto y conveniente ( vemos aquí una clara postura en la que Aristóteles se acerca al relativismo), y esto consiste siempre en un término medio entre acciones o actitudes extremas, que debe ser racionalmente establecido (cabe resaltar la conexión con la virtud dianoética, al no aceptarse la imposición universal de contextos morales). La prudencia, la sabiduría práctica son las que determinan donde se halla el término medio.

Las distintas virtudes constituyen un término medio razonable entre dos posiciones extremas, así pues la moderación constituye el término medio entre el desenfreno y un rigor excesivamente represivo o insensible al placer.

Aristóteles se desmarca de Platón y Sócrates al negar que la felicidad depende de la virtud, pero admitiendo que al tener un mayor grado de conocimiento la elección sería más correcta.

La justicia.

Con respecto a la justicia encontramos en Aristóteles una noción semejante a Platón, la justicia no es una virtud particular, sino la virtud integral del hombre que posee todas la virtudes. Esta justicia denominada por Aristóteles justicia legal consiste en el cumplimiento de las leyes, pues estas determinan los modos virtuoso de comportarse.

Aristóteles además de expresar esta noción general, se refiere a la justicia como una virtud particular, que regula mediante un trato equitativo las relaciones interpersonales. Dicho trato equitativo se puede revestir de dos formas:

La justicia aritmética. Exige que a los implica que a los individuos se les de exactamente lo mismo.

La justicia geométrica. Exige que a los implicados se les dé en proporción a sus méritos.

Destacamos de Aristóteles su carácter más práctico que su maestro Platón, en este caso por ejemplo, Aristóteles huye del ideal de justicia expuesto por Platón para poder aplicarlo a la sociedad y que se estableciera con él un trato equitativo, y no fuera el mero ideal utópico que propuso su maestro aunque la intención del mismo fuera también de carácter práctico.

La amistad (philía).

La palabra philía expresa los lazos afectivos de quienes tienen conciencia de formar una comunidad, en este sentido amplio cabe hablar de “amistad”. Entre las observaciones aristotélicas acerca de la amistad, las más interesantes se refieren a la amistad en el sentido más próximo (familia y allegados) y en el más amplio (comunidad de ciudadanos, amistad civil).

La relación de amistad.

La amistad piensa Aristóteles que es digna de mayor estima porque es una virtud o va acompañada de una virtud, es necesaria para la vida y es algo noble y hermoso. La amistad constituye la perfección o excelencia de la condición social que es propia del hombre. Sin convivencia no hay vida humana y por tanto sin amistad no hay vida plena y satisfactoria, de ahí que el hombre feliz necesita amigos.

La amistad civil.

La mistad puede alcanzar todo tipo de convivencia, toda forma de comunidad, por lo que decimos que tiene la misma extensión de la justicia a la cuál sirve de estímulo. La amistad civil refiere a la amistad entre los ciudadanos, este tipo de amistad se manifiesta como concordia, la concordia se refiere a los asuntos prácticos de mayor envergadura y observamos concordia cuando los individuos acuerdan en tales asuntos.

2. La dimensión política del hombre.

2.1. Conexión entre ética y política

De una parte la idea de “justicia legal” muestra que, en cierto sentido la ética depende de la política (obedecer las leyes para ser virtuoso). De otra parte la idea de “justicia distributiva” muestra que la política depende de la ética (la distribución de los carga y las cargas ha de realizarse de acuerdo con las exigencias de la justicia).

Para Aristóteles la ética y la política son dos aspectos de un mismo conocimiento práctico que se ocupa del bien humano y se rige por la prudencia. Esta identificación entre ética y política procede en último término, del carácter esencialmente social del ser humano, el hombre solo alcanza una vida digna y feliz (su bien) si convive en sociedad. Además solo podrá lograr ésta en convivencia cooperativa con otros seres humanos. Aristóteles en alguna de sus obras llamó al hombre “Zoom politikon” queriendo establecer la afirmación de que el hombre es un animal social por naturaleza

2.2. La sociabilidad del estado.

Aristóteles nos expresa una y otra vez que la naturaleza humana es esencialmente social, a diferencia de teorías sofistas, afirma que la sociabilidad es un rasgo o dimensión esencial de la naturaleza humana (en esta tesis observamos una vez la concepción teleológica en que se asienta todo el pensamiento aristotélico).

El estado (las polis) es la forma más perfecta de sociedad, tiene como objetivo principal el facilitar una vida buena, digna y satisfactoria a los ciudadanos, solo en el estado el hombre puede alcanzar su perfección y vivir una vida plenamente humana.

2.3. Los regímenes políticos.

Aristóteles admite la idea desarrollada por los sofistas de que los regímenes políticos, las constituciones son convencionales. Sin embargo éste pone un límite a la convencionalidad y a los cambios constitucionales, natural y por tanto de carácter moral. Todo régimen político debe estar orientado a la realización de la justicia y no al beneficio particular...

Aristóteles distingue tres tipos de constitución: la monarquía, la aristocracia y la democracia “justa” (politeia). Todas se pueden considerar correctas cuando el poder se ejerce de forma justa. La democracia se acerca al ideal de justicia aritmética y la aristocracia y la monarquía a la geométrica.


Las tres formas de gobiernos pueden pervertirse y las tres formas injustas de gobierno son la tiranía, la oligarquía y la democracia “degenerada” (demagogia).
1. Éticas heterónomas y éticas autónomas

Ya hemos visto que puede distinguirse entre éticas materiales y formales. Pero podemos establecer otra distinción atendiendo a si la obligación moral es externa o interna al hombre mismo. Veamos:

Las éticas heterónomas son aquellas en las que la obigación moral es algo impuesto al hombre y externo a su voluntad. Por ejemplo, la obligación moral viene impuesta por la naturaleza, por nuestra esencia o por dios. La accón moralmente buena será la adecuación a esos fines prefijados de antemano y de los que no somos responsables (en el pleno sentido de la palabra).

La ética eudemonista aristótélica y la ética de Tomás de Aquino son heterónomas, porque el fin último del hombre, el bien que éste puede alcanzar (la felicidad, Dios) nos viene impuesto por nuestra propia naturaleza. Ser feliz, comportarse éticamente implica conocer esa finalidad impuesta y llevarla a cabo.

En las éticas autónomas, la obligación (ley) moral ha de provenir del mismo hombre, y no de algo exterior a él. Es el propio hombre (mediante su razón) el que se determina a sí mismo para obrar moralmente.

La ética Kantiana, como veremos, será autónoma, no fundada en los sentimientos, gustos o inclinaciones, sino en la propia razón.

Efectivamente, la voluntad no es buena por naturaleza. Está en una lucha constante con sus instintos, deseos e inclinaciones. Precísamente, según Kant, obrar porque algo nos cause placer o nos traiga felicidad no es obrar ni moralmente ni libremente.

No es obrar moralmente porque se trataría de una acción egoísta, interesada, que busca su propio beneficio (felicidad, placer...).

Tampoco sería libre porque ¿Qué o quién determina nuestras "ganas" o deseos?

Lo propio de la moral es obrar buscando sólo el cumplimiento del deber, y sólo hay buena voluntad cuando la acción moral se realiza con vistas a él y no a causa de nuestro propio beneficio.

El deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley moral, y sin determinación por inclinación alguna.

Sólo la razón puede justificar mandatos por deber.

Obrar por deber es distinto a obrar legalmente: cuando obramos legalmente actuamos de acuerdo al miedo o a las consecuencias legales que produciría nuestra acción. Por ejemplo: si no robo en un supermercado por miedo a que me pillen o me multen, estaré obrando legalmente, no moralmente.

Kant y la minoría de edad
¿Por qué será que cada vez nos tomamos menos tiempo para pensar y analizar? ¿Es la vorágine en la que vivimos o la pereza natural del hombre? ¿Por qu las discusiones fueron perdiendo contenido? ¿A caso las ideas están en peligro de extinción? Si alguien tiene duda de esto, lo invito a que preste atención a lo que su oído le permite sentir.

Immanuel Kant sostiene que la razón  es propia del hombre, pero lamentablemente el hombre no siempre recurre a ella para tomar una decisión. Ya que más de una vez esquivamos  usarla, y caemos en el facilismo de pensar como otros nos dicen que tenemos que hacerlo. Kant cierra su concepto al definir que estas personas se hallan en un estado de minoría de edad.

Estas  palabras no tienen fecha de vencimiento, porque ya han pasado varios siglos y el concepto kantiano de minoría de edad tiene vigencia para definir a una gran parte de la sociedad, que prefiere adquirir pensamientos enlatados. Estas palabras no nacen del Olimpo, pero sería necio negar lo común que es escuchar voces que hablan sin entender. Y esto no es monopolio de una clase. No se trata de ser más culto o no. Cuantos leen para solo luego repetir. Asesinando el alma de la lectura, que es entender e interpretar. Es vital para crecer como sociedad, que de forma individual tratemos de salir de la monotonía, y nos tomemos un tiempo para pensar. Y de esa manera fundamentar lo que pensamos. Sino seguiremos siendo parte de un mundo efímero, donde solo importa lo que uno aparenta, donde nos dedicamos a consumir lo que nos venden y terminamos limitándonos a seguir la zanahoria que nos ofrecen, pero a diferencia del burro nosotros no sabemos porque lo hacemos

La historia de la Ética en la Edad Moderna y Contemporánea

La ética, así como el conocimiento, también ha tenido su propia historia o evolución.  En esta linea de tiempo podremos observar a los diferentes Filósofos de la Edad Moderna o Contemporánea que conformarón, gracias a su logística, la ética por la cual nos regimos hoy en día todos los seres humanos y que nos hace crecer día con día como personas dentro de una sociedad.
Dicha "doctrina" que se adopto no fue solo de unos cuantos años para acá, ha costado mucho esfuerzo obtener un concepto adecuado para describir todo lo que es ética. Por eso, se analizarán a los diferentes filósofos que han causado un gran impacto en esta temática.

 El Problema del mal en San Agustín
“ Para ti no hay absolutamente ningún mal. Y no sólo para ti, pero ni para el conjunto de tu creación, porque nada hay fuera que pueda irrumpir y corromper el orden que le has impuesto”
La existencia del mal en la historia humana ha sido siempre una de las causas de crisis en nuestra convivencia y de nuestra manera de relacionarnos con nuestro entorno natural. Muchas interpretaciones han surgido en busca de una respuesta más o menos consensuada de cuál ha de ser la causa del mal, y cuál debe ser nuestro comportamiento. ¿Es el mal algo que Dios permite? ¿Tenemos nosotros responsabilidad moral frente al mal? ¿Es el mal una realidad determinada por el destino, o por fuerza sobrenatural que nosotros no podemos controlar o cambiar? Estas y otras preguntas se levantan en nuestra mente cuando se trata de lidiar con este tema.


El abordaje de este asunto no deja de tener sus complejidades, en tanto nos cruzamos en el camino con varias vertientes interpretativas, que buscan un soporte metafísico y teológico para explicar el mal y formular respuestas siempre provisorias.



El mal como un problema


El encuentro con el mal es una experiencia humana universal insoslayable. Desde muy antiguo se ha buscado dilucidar el tema. Epicuro (341-271 a.C) fue el primer escritor que expresó el problema del mal en forma de un dilema. El dirá: “O Dios quiere quitar el mal del mundo, pero no puede. O puede pero no quiere quitarlo. O no puede ni quiere. O puede y quiere. Si quiere y no puede, es impotente. Si puede y no quiere, no nos ama. Si no quiere ni puede, no es el Dios bueno, y además es impotente. Si puede y quiere –y esto es lo único que como Dios le cuadra-, ¿de dónde viene entonces el mal real y por qué no lo elimina?1



El planteamiento de Epicuro es genial, resulta ser un alegato supremo contra Dios, es el descrédito de la idea de Dios. Este juicio contra Dios nos hace recordar el episodio bíblico en el que tanto Job como sus amigos, llevan a Dios al tribunal para cuestionar sus acciones y el sentido de su justicia. La teología de Job y su argumento pone en evidencia el escepticismo imperante. El mal es la piedra dura del ateismo, es como una roca en la que se estrella y naufraga la teodicea2. La genial síntesis de Epicuro no ha tenido que cambiar ni ha perdido fuerza con el tiempo, hoy aflora con nuevos matices.


Existe un célebre pasaje en los hermanos Karamasov de Dostoiewski, en el que Iván y Alioscha discurren sobre el dolor inocente del niño destrozado por los perros del tirano3. También encontramos en la clásica obra de A. Camus, “La Peste” similares argumentos, y en el que como en la obra anterior, los bacilos de la peste han sido un vehículo simbólico de gran expresividad. Un símbolo que suscita connotaciones de ternura, dolor y desamparo. Durante la segunda guerra mundial, los campos de exterminio nazi levantaron otro símbolo, más prosaico y más desgarrador: pareciera que el hombre se convirtió en un lobo para el hombre.


Hoy día, con una mayor compresión del fenómeno religioso, y la racionalidad propia del proceso de secularización; la concepción del mal descongestiona el problema teológico. La fatalidad natural no es reconducible directamente al creador, sino que tiene una base en la libertad humana. Dios ya no es el “tapahuecos” de lo que no podemos explicar y queda exonerado frente a nuestros reproches.


Ya sea que reflexionemos en el relato del niño destrozado por los perros del tirano en los hermanos Karamasov, o en el mito del Génesis en su lección sapiencial –utópica en su forma protológica-, ambos nos indican que los seres humanos causamos el mal y podemos aspirar a remediarlo bajo la condición de nuestra propia libertad.



La aporía del mal


El concepto mismo del mal presenta dificultades, por una parte no es unívoco y por otra es indefinible debido a su dimensión inabarcable. Tradicionalmente se ha definido el mal de una manera clásica; como mal moral, mal físico, mal social. Esta tríada pone de manifiesto el carácter poliédrico y proteico del término. Pero aunque la realidad del mal es multiforme, en su esencia segrega la crueldad concreta de lo maligno; hiere, desgarra, provoca dolor.


El mal nos confronta con una hondura abismática, que no podemos explicar en su última esencialidad; es misterio (mysterium iniquitatis). El mal es algo que nos afecta a todos negativamente y pone nuestra existencia en un estado de agonía y tragedia. El acceso al tema, nos ubica en ópticas distintas, según sea nuestra experiencia humana del mal, pero el denominador común de todo es el mismo, el dolor que nos produce.


Me sumo a la opinión versada de varios estudiosos en la que afirman su posición, que no es tarea de la teología explicar el mal, sino más bien, indagar cómo puede ser posible creer desde la experiencia del mal. Una cosa es explicar el mal y otra distinta es buscar conciliar la fe con el dolor. Los varios intentos de explicar el mal, tanto de las teodiceas como desde la teología clásica nos han dejado un saldo decepcionante, porque se debe demostrar hasta dónde una respuesta especulativa ha dejado satisfecha una pregunta vivencial.


Una de las tareas claves de la teología, es mostrar que la fe es compatible con el sufrimiento provocado por el mal. Al margen que el mal pueda o no explicarse teológicamente, el asunto más resueltamente teológico es que Jesús de Nazaret -clave hermenéutica- es paradigma de nuestra experiencia del mal, por cuanto él creyó desde la experiencia del mal.


Después de estas reflexiones previas, haremos un intento de aproximación teológica al problema del mal en San Agustín, (354-430) obispo de Hipona, quien en su momento histórico abordó el tema como una reacción frente al maniqueísmo dualista, que ponía en un callejón sin salida el tema de Dios como Sumo Bien y dispensador de gracia. Con las limitaciones propias de su tiempo, pero buscando la mejor fórmula de compresión de la realidad, el santo quiere responder desde una perspectiva pastoral al origen del mal y de cómo éste afecta el orden creado por Dios.



El Orden de Dios

El problema del mal conturbó fuertemente a san Agustín, al punto de considerar que éste constituía un obstáculo infranqueable para la comprensión racional del mundo y fundamentalmente del ser humano. El santo decide buscar una fórmula que lo pudiera transformar en algo comprensible. En términos agustinianos, el mal debe poder ser entendido. Aunque el doctor de la Iglesia utiliza categorías metafísicas (metafísica del pecado) en su argumentación, la noción misma del mal como consecuencia del pecado es para Agustín una noción propiamente teológica.


La posición del santo sobre este asunto, no tiene un interés puramente especulativo, sino que surge de una preocupación teológica y pastoral, acicateada por su propia experiencia espiritual de búsqueda intensa de Dios, por el contexto que vivía Cartago, atravesada por el mal y la corrupción de las costumbres y donde llegó Agustín para estudiar retórica. El mismo lo expresa: “Llegué a Cartago, y por todas partes crepitaba en torno mío un hervidero de amores impuros”4. Por otra parte al santo no le es indiferente la doctrina maniquea que le da al mal un “estatus ontológico”, doctrina que él no comparte.


Para San Agustín, una cuestión antropológica y teológica fundamental es que el ser humano no tiene otro destino que Dios. En Dios y en su arraigo ontológico está la misma esencia del ser humano. Sin privársele de su libertad personal, el ser humano nace dentro de un orden divino marcado por un claro referente metafísico y teológico, y conforme a una estructura ontológica que le es propia5. Esto no es determinismo, porque el ser humano tiene la alternativa de someterse o rebelarse frente al poder divino. En cada ser humano se repite la tentación original. Si éste elige el orden divino en su posibilidad ontológica de la libertad y la no-libertad, se salva óntica y teológicamente; ónticamente en cuanto ser creado trasciende al Ser, a su encuentro con la Verdad, el Bien (el amor), y teológicamente porque en su libre opción se abre al amor redentor de Dios, que en su gracia hecha Verbo se encarna en Jesucristo. Si por el contrario elige la rebelión constituyéndose en su propio centro, debe asumir su perdición total: caóticamente desorganizado en su ser y esclavo de las cosas.


De esta manera Dios es la libertad del hombre, ya que el ser humano es únicamente libre sometiéndose al orden de Dios. Este orden no es una tiranía, sino una imposición natural, enraizada en el mismo hecho de ser hombre6. Nos equivocaríamos lastimosamente en este punto, si no tuviéramos claro cuál es el sentido de la libertad y su valoración ontológica y teológica en el pensamiento del santo. En Agustín, la voluntad -ya los expertos en su pensamiento lo advierten- juega un papel altamente significativo, y ésta se impone a la reflexión filosófica, invirtiendo la antropología griega y superando de manera definitiva el antiguo intelectualismo moral.


La libertad es algo propio de la voluntad y no de la razón, en el sentido en que la entendían los griegos. De este manera la vieja paradoja socrática, según la cual es imposible conocer el bien y hacer el mal, queda resuelta. La razón puede conocer el bien pero la voluntad puede rechazarla, porque aunque no sea ajena al espíritu humano y esté vinculada a la razón, es una facultad distinta de la razón y posee autonomía con respecto a ésta. La razón conoce, la voluntad elige aquello que no se muestra conforme a la recta razón. De este modo se explica la posibilidad de la aversio Deo y de la conversio ad creaturam.


Apartarse del Bien inmutable es un acto de la voluntad. El arbitrio de la voluntad se muestra verdaderamente libre, y en un sentido pleno, cuando no hace el mal. Este fue el sello original del ser humano.(Reale-Antiseri, 1995). Etienne Gilson (París,1979) de la Academia Francesa, resume muy bien este punto sobre la libertad en su Introducción al estudio de San Agustín: la libertad consiste, en poder usar el libre arbitrio. La posibilidad de hacer el mal es inseparable del libre arbitrio, pero poder no hacerlo es la contraseña de la libertad, y hallarse confirmado en la gracia hasta el punto de ya no poder hacer el mal, es el grado supremo de la libertad.


Las afirmaciones hechas anteriormente nos remiten a una cuestión primaria, a un asunto del cual se ocupa la antropología teológica; el ser humano es imagen y semejanza de Dios. Antes de pecar, era un semidiós que guardaba intacta la conciencia de su tesoro infinito: los valores divinos impresos por Dios en su alma. Unidad-Verdad-Felicidad orientaban y centraban al ser humano en su orden, estrechamente ligado y dependiente del divino; es plenamente consciente –intellectus Dei- y ama fundamentalmente – amor Dei- esos valores divinos impresos en su alma racional7, pero no está sólo ligado exclusivamente a Dios, sino que también está obligadamente en contacto con el resto de las criaturas. Es necesario entonces conocer aunque sea de manera esquemática, la teología de la creación de San Agustín. El universo agustiniano procede en su estructura metafísica, de una participación compleja de la naturaleza del ser divino. Dios es el ser, la Verdad, el Bien, fuente universal de todas las perfecciones participadas. Nada existe, pues, en el orden de la creación que no encuentre en Dios su razón suficiente y su explicación última8. Las cosas son, pero con un ser prestado. Son buenas y verdaderas, pero limitadamente, en cuanto proceden de El, Bien y Verdad inmutable. La semejanza de las cosas a Dios es, pues, un término medio entre la identidad y la alteridad absoluta, pero hace posible la existencia de las cosas creadas, que participan lo suficiente para existir9. Una cierta unidad ontológica es condición indispensable de existencia.


Dios ha dispuesto en las criaturas una especie de jerarquización, desigualdad en el ser, de acuerdo a una axiología ontológica, ordenando gradualmente las esencias. A lo largo de las obras de san Agustín, se pueden encontrar diversos intentos de jerarquización: existencia, vida, razón. Vivir contiene un valor superior a la simple existencia como la vida racional superior a la sensitiva. De manera que la posesión del grado superior supone la inferior, pero no al revez. Sin embargo, por encima de la razón existe todavía otra potencia superior que es Dios10.


El ser humano no puede olvidar de ningún modo esta jerarquización al entrar en contacto con las cosas y los demás hombres. Esto es crucial para San Agustín. El orden Ser, el de la Verdad y el orden del Bien son perfectamente correlativos. De aquí brotará el principio focal de la ética agustiniana: el orden del valor exige el orden del amor. Solamente guardando esta proporción el ser humano es virtuoso11.


Este orden del amor, ordinata dilectio como le llama Agustín exigirá que en su elección fundamental prefiera el Ser Absoluto, por ser el mejor, fuente de toda existencia, verdad y bondad participadas.


Este es el Orden de Dios: la creación al servicio del ser humano para su salvación y éste ser humano al servicio de Dios. De éste modo, la creación, obra de Dios –que no se explica más que por Dios- viene a ser el medio más accesible para llegar a conocerle y amarle. Y si el universo no es más que una imagen participada, esta imagen debe permitirnos adivinar de algún modo, la naturaleza de su Autor. Ascendiendo a la obra del Artífice hemos de buscar en ella los rasgos que el Creador dejó para guiarnos a su conocimiento y hacernos partícipe de su felicidad.


Uno de los grandes méritos del genio religioso de Agustín está en que supo armonizar la tensión y distancia entre lo sensible y lo inteligible, que se debatía en la filosofía platónica. Lo sensible tiene su valor, radicado precisamente en su analogía con lo inteligible, huella o rastro de la mano creadora de Dios12. El mundo sensible, en que se ha perdido el hombre, es un espejo del inteligible cuyo enlace y superación queda al alcance de la razón.


La sensación es el primer peldaño de la conciencia. El alma muestra su espontaneidad y su autonomía con respecto a las cosas corpóreas, dado que las juzgas con la razón, y las juzga sobre la base del criterio de relación sustancial con los objetos corpóreos. La verdad que captamos intelectivamente, está constituidas por ideas, supremas realidades inteligibles de las que hablaba Platón. Por los antecedentes del pensamiento y manejo del sistema filosófico de Agustín en su filosofar en la fe, el término ideas, en su sentido técnico no le es desconocido, le da una valoración tal que no es posible filosofar sin su conocimiento. Las ideas son formas fundamentales, estables e inmutables de las cosas.(Reale-Antiseri, 1995). Sin embargo en Agustín las ideas platónicas se enfocan con una intención teológica: a) las ideas se vuelven pensamiento de Dios b) la doctrina de la reminiscencia se transforma en doctrina de la iluminación, en el contexto general del creacionismo y cuya teoría es básica en la filosofía de Agustín..


En el pensamiento filosófico de Agustín hay dos preocupaciones primordiales: Dios y el alma13. No hay lugar para el peri cosmou en sí, o una filosofía de la naturaleza y del mundo. La creación es observada únicamente desde la teología: clama por su salvación, lleva la traza de Dios y a El conduce. El mundo no es ya muro impenetrable que nos impide el acceso a Dios, sino puente que el mismo Dios ha lanzado entre su infinitud y nuestra pequeñez. Solamente resta que el ser humano sepa y quiera conformarse al orden establecido por Dios desde el principio.


En San Agustín se puede advertir que ontología y moral van de la mano. Los bienes creados son objeto de nuestro amor en la medida que nos conducen a Dios, Bien supremo. La conclusión ontoaxiológicaies que si Dios como Bien supremo es el Ser; la cercanía ontológica permite una aproximación superior al ejemplar.(concepto tomado de Plotino, referente a las ideas ejemplares como la causa del origen del mundo por emanación) Si Dios es el Ser, únicamente El será objeto de amor absoluto. Esto será fundamental para la moral agustiniana en la que sólo Dios es objeto de la fruitios,(gozo, felicidad) el resto es instrumento o medio (uti) para ese único fin14.


A este nivel de nuestra reflexión nos podemos formular los siguientes interrogantes: ¿Qué afán incomprensible mueve al ser humano a quebrantar el perfecto engranaje del plan de Dios establecido para su felicidad? ¿Qué impulso maligno puede llevarle a destrozar su propio destino, metafísicamente ordenado según el plan de Dios?. Es muy cierto, cuando vemos el plan de Dios, perfectamente dispuesto para hacer plenamente feliz al ser humano, el pecado viene a ser un error fundamental, un dramático desacierto del ser humano en su elección. Este asunto nos remite naturalmente al pecado original, cuyos efectos de aquella funesta elección perduran en los descendientes de Adán. ¿Por qué Adán, que había participado de la visión clara del orden divino en los valores básicos Unidad-Verdad-Felicidad, se rebeló contra ese orden?


Podemos dar una respuesta esquemática: en el proceso caída-reparación, el pecado original (término acuñado por el mismo Agustín),puso al hombre en rebelión con el plan de Dios, no se quiso someter a él, prefiriendo constituirse en su propio centro. Al salirse de su orden , el hombre ha perdido a Dios, y por ello también a sí mismo, perdiendo la conciencia de sí y de Dios. Sin embargo, una decisión humana no destruye un orden sobrehumano: no se rompió su estructura ontoteológica. Pero su ser quedó deteriorado por los efectos metafísicos (degeneración en su grado de ser) y sicológicos (desorientación de tendencias). Su amor Dei fundamental se convierte en amor sui desenfrenado y ciego. El egoísmo absoluto toma el mando de la vida. Ignorancia y concupiscencia rompen el equilibrio y la sicología del hombre se agita en múltiple desorden y contradicción. También su intellectum Dei (visión clara y consciente) se ha trocado en memoria Dei (conocimiento inconsciente)15.


Olvidado de Dios, el ser humano se lanza irremediablemente a las criaturas como a su objeto final. Recordemos que por la teoría de la participación las criaturas han recibido –aunque en grados inferiores- los valores trascendentales, Por esta razón el ser humano, inconsciente en sí de la imagen de Dios, pero impelido por su ligazón ontológica a los valores Unidad-Verdad- Felicidad-Bien-Belleza; conforme a los cuales ha sido metafísicamente estructurado, se lanza a las criaturas para saciar en la participación de esos valores que en ellas descubre, su apetito ontológico de los mismos.


Al pecar el ser humano sale de sí mismo, de su orden y se vacía al exterior, olvidándose más y más de su yo espiritual y de Dios cuyo orden rechazó. De esta manera el ser humano ha salido de su órbita ontológica propia y queda atrapado en las cosas sensibles, en una extraña inconsciencia de sí y de su fines. La salida de este estado de alienación causado por el pecado original y aumentado por la disipación, el ser humano necesita de la gracia divina y un gran esfuerzo de inteligencia y voluntad, una reflexión profunda sobre sí, que comienza por la conversio a la propia intimidad16.


Este es el sentido último de la interioridad, obra de intuición y reflexión por la que el ser humano redescubre y re-conoce en sí la imago Dei, los valores eternos y trascendentales que Dios ha impreso en su alma. Al tomar conciencia ésta de sí misma se ama verdaderamente y entonces se volverá a su Hacedor tomando conciencia de su carácter de imagen divina. Como está en mí, la interiorización me lleva hacia la trascendencia como paso obligado17.



El orden ético

Fundamentalmente el plan u orden de Dios no tiene un carácter puramente formal. Este es un orden ético cuya obligatoriedad es permanente ya que éste se constituye sobre un orden ontológico. No se trata de una simple relación de ideas, sino un oren moral que rige las más altas realidades. Su valor es absoluto, pero no sólo como una luz, sino como expresión íntima de una ley absoluta, impresas en las facultades volitivas también31.


Este orden ético es una ley impresa por Dios en el alma. Una ley oculta, pero que actúa poderosamente en el fondo mismo del alma, como impresión que es de la ley eterna. El pecado será la transgresión de esa ley participada en el ser humano. El orden ético divino se funda en el orden ontológico: el orden del valor en el orden del Ser18.


Es muy importante tener clara la definición agustiniana de la ley eterna (orden divino): la razón o la voluntad de Dios que manda observar el orden natural y prohíbe transgredirlo, es la proclama solemne de que el poder no es la arbitrariedad, sino la razón, precisamente la misma que ha dado a las cosas su ser y su natural bondad. Esta ordenación gradual es tan esencial que sin ella se destruye la idea misma de orden. Así pues la idea de orden moral va montado sobre el orden axiológico, que depende a su vez, el ontológico.


El primer principio de la moral supone una ontología, la mente no es tan sólo un sujeto moral que dice relación a un objeto moral, sino que es al mismo tiempo, y sobre todo, un ser humano que dice relación a un orden objetivo, a un ser del mundo y de Dios. El imperativo categórico no es sino la expresión primera de una realidad que latía en el alma. San Agustín llamará a esto nociones. Estas no son conocimientos, conceptos o ideas, sino ontologías. Así como los animales poseen instintos, los seres racionales poseemos nociones. La universalidad e inmutabilidad de este orden moral no puede provenir de las meras diferencias graduales, sino de su fundamentación en Dios –el Primero y el Mejor-19.


El imperativo Moral

En San Agustín la moral descansa sobre la experiencia interna, como resultado de la participación e impresión de la ley eterna en el hombre. La conciencia es praeco Dei20. Ella es el despertar permanente del ser humano en su peregrinación, expuesto siempre a distracción y a error frente a las cosas. Es la misma razón humana en cuanto dotada de una luz infusa, inmutable, que recuerda permanentemente la existencia de un orden de voliciones y actos por encima de los fines y valores puramente terrenos21. La conciencia es un eco interior, un órgano de ese orden de Dios impreso en el alma. No es sólo la inteligencia práctica de esa escala axiológica a realizar, sino la misma facultad de captar la llamada de esos valores. Digamos entonces que San Agustín no fundamenta el orden moral sobre la ley eterna o sobre la objetividad puramente material, sino sobre un imperativo categórico de la conciencia, y de donde le viene su carácter formal. Este último estadio se proyecta en el remordimiento22.


Toda infidelidad a esa ley intima y trascendente, a la que San Agustín le llama memoria Dei, es una traición del ser humano a sí mismo en lo que le es más esencial. En este sentido todo pecado es una frustración fundamental y esencial del propio ser, en su constitución ontológica, no ya simplemente psicológica.


San Agustín fue el primero en poner de relieve el sentido filosoficoético del remordimiento, como justicia inmanente y ley natural. De este modo la conciencia es también el ejecutor de esa justicia violada, El remordimiento es ya llamada al arrepentimiento, a la conversión por el carácter trascendente de la llamada de la conciencia y que opera como dice san Agustín, como una ley impresa en la que cada uno es ley para sí mismo. Así, el hombre cuando peca, transgrede el orden contra el dictado de su conciencia, pecando primariamente contra la verdad. Es decir, peca contra el orden trascendental del que la verdad forma parte integral.


Christus totus de San Agustín

Agustín no se detendrá en el tema del mal, postulando una teología especulativa a la manera de una teodicea. Más bien intenta poner en el centro de su doctrina a Cristo, sin perder el sentido de la doctrina de la encarnación del Verbo como posibilidad de re-creación del plan de Dios y como respuesta a la soberbia humana. Para el santo, el antídoto a la enfermedad del mal y con ella la culpa traducida en el pecado original, está en la Gracia de Dios que nos salva en Cristo. El ser humano está inmerso en la masa de condenación (massa damnata) y sólo Cristo puede liberarlo sin ningún mérito de su parte.


En San Agustín el favor de Dios que se manifiesta en la encarnación del Verbo es Gracia. Tanto su eclesiología, como su antropología tienen en su base la teología del Christus totus, que afirma que en Cristo se realiza la unión de todos los seres humanos, y sólo en la unión con el cuerpo de Cristo se puede dar la salvación. El destino de cada ser humano individual se ve en relación a la unión con Cristo y con la Iglesia, con el Cristo total. En el desarrollo de esta doctrina Agustín deja ver, no sólo un asunto cristológico, sino eclesiológico y metafísico, en tanto el misterio de la presencia de Dios está presente en lo más íntimo de nuestro ser, pero también neumatológico en tanto habla de la inhabitación23 de la Trinidad, especialmente de la presencia del Espíritu Santo en nosotros.


Agustín insistirá en la imposibilidad de obrar el bien del ser humano, si no ha sido incorporado a Cristo. Cita con frecuencia Romanos 14,13 no para calificar las obras de los gentiles como malas y pecaminosas, sino insistir que al no estar movidas por el amor de Dios, están contaminadas de soberbia. Se desprende de esto la necesidad absoluta de la gracia para la salvación, si no fuera así, la muerte de Cristo no se justificaría. Los textos paulinos que revelan la teología de la cruz son propicios para Agustín a fin de poner de relieve la diferencia entre su teología de la Gracia y la de Pelagio.


San Pablo dice que el mal entró en el mundo por el pecado24. Por San Agustín ya sabemos que el origen del mal no hay que buscarlo en la materia ni en un principio independiente. El mal tiene su origen en la voluntad humana, que puede elevarse contra su creador. Dios no quiere el mal, solamente lo permite. El dolor, el sufrimiento y la misma muerte entraron en el mundo como consecuencia del pecado de nuestros primeros padres.


El mal físico es el castigo del mal moral de una manera indirecta, en cuanto el pecado introdujo el desorden en la naturaleza. A la materia como causa del mal, Agustín opone la voluntad libre de la criatura que puede rebelarse contra su creador. A la liberación del mal, a través de la inhibición de las exigencias corporales como lo propone el neoplatonismo, el santo opone la enseñanza cristiana de la redención del género humano en Cristo. El verbo eterno de Dios se hizo carne y murió en la cruz para rescatar al género humano de la esclavitud del pecado.


La salvación está en la fe en Cristo, en la conversión. En su tratado De vera religione, San Agustín se extiende sobre los beneficios de la Encarnación del Verbo, no solo como redención, sino como ejemplo de superación de las lamentables consecuencias del pecado24.En De libero arbitrio la creación entera ha sido redimida, ya que también en cierto modo había pecado con el ser humano25.


Cristo es el camino único de salvación. En El Hombre-Dios, podemos depositar nuestra confianza sin recurrir en la maldición bíblica. Resumiendo este punto, y tras la controversia pelagiana, podemos decir: Si la voluntad desea el bien, sin duda está destinada por naturaleza a realizarla. Pero si es incapaz de realizar el bien que desea, sin duda hay en ella un punto corrompido. La causa de esa corrupción es el pecado y el remedio es la redención del hombre por la gracia de Jesucristo, que de ahí brota.


La economía de la vida moral, impenetrable a los filósofos, aparece transparente desde ese momento, ya que esta doctrina es la única que toma en cuenta los hechos y principalmente éste: mientras una voluntad cuenta con exclusivas fuerzas para obrar el bien, es impotente. La solución del enigma es que es preciso recibir lo que se desea tener cuando no podemos dárnoslo. Gracias al sacrificio de Cristo, tenemos un socorro, divino, sobrenatural, por el que la voluntad puede cumplir la ley. Desconocer su necesidad es la esencia misma del pelagianismo, tema este que podría darnos pié a una nueva investigación sobre la autosuficiencia del pensamiento moderno y las nuevas concepciones antropológicas.

domingo, 11 de septiembre de 2016


Habla del comportamiento social del ser humano, de la mediocridad del mismo. Uno de los factores que influyen a la mediocridad del ser humano según el autor es la falta de ideales, no importa cuales sean, simplemente la falta de ellos. Creía que la carencia de estos, era una formula mágica para que una vida se tornara monótona y sin sentido. Dejando de lado por supuesto la falta de educación.
En todo el libro existen tres distinciones. Para la ocasión de la intelectualidad el autor distingue de estas maneras: El estúpido, el mediocre (intelectual), y el genio, ubicando al estúpido y al genio en extremos opuestos, aclarando que son los menos, porque claramente ser estúpido o genio es una cuestión innata, existiendo igual cantidad de genios que de estúpidos, es decir pocos. La critica del autor a los mediocres intelectuales se basa en no querer acercarse a la genialidad, aunque nunca se alcance, claro está.
Pensar que el libro se terminó cuando aun no existían los medios de comunicación masivos como la radio y la televisión, que me parecen que son claros forjadores de opiniones. Así que imaginemos que la mediocridad que plantea José Ingenieros, por lo menos en el caso de los pensamientos en masa, debe haber crecido de manera exponencial hasta la actualidad.

martes, 6 de septiembre de 2016

el hombre mediocre 
José Ingenieros, en El hombre mediocre, brinda una perspectiva muy crítica sobre lo que es la mediocridad, la falta de ideales y la superación personal. El libro es un poco pesado para mi gusto, pero de una riqueza increíble: realmente muestra cómo y por qué vivimos en el mundo en que vivimos desde un punto de vista muy filosófico. El libro define al hombre de la sociedad actual (aunque su primera edición tenga más de 100 años) de una manera casi utópica. Es decir, como si no existiera, como si fuera imposible de pensar que alguien que utilice su razón pueda actuar como José Ingenieros lo expone.
Se trata de un libro que habla de la inmoralidad, los intereses personales, la despreocupación por los demás y la hipocresía; como producto de una rutina enfermiza. Lo más interesante es que el libro se presenta como una oportunidad a aquellas personas que aun no caen en las garras de la rutina, y todavía dan esperanzas de cambio. Aunque un poco complicado de leer es una buena herramienta de pensamiento para los jóvenes y adolescentes que se encuentran en procesos de cambio y están definiendo sus vidas; sin dejar de lado a cualquier persona con deseos de superación, y que profesan buscar un mundo mejor.
Sinceramente es un libro que vale la pena leer. Con muy buen criterio pone en tela de juicio el comportamiento humano, y todavía es actual, eso lo convierte en oro en polvo. A continuación puedes encontrar un link donde se citan algunas frases del libro, te va a ser muy difícil elegir una. Que lo disfrutes.

miércoles, 8 de junio de 2016

TEÓLOGOS


Una voz general sobre los teólogos en la Iglesia tiene que dar por supuesto el profundo >pluralismo en el método teológico que caracteriza al período posconciliar en todas las Iglesias. Ha de reconocer también el hecho de que no existe una definición universalmente aceptada ni de la teología ni del teólogo. Para los efectos, se entenderá por teólogo aquel que trata de explicar e interpretar la revelación tal como es recibida y vivida en la Iglesia. El teólogo tiene un papel conservador, consistente en explicar la fe de la Iglesia, y un papel creativo de mostración y desarrollo de las implicaciones de esta fe para la Iglesia y para la sociedad. Este doble papel aparece ampliamente compartido en el Antiguo Testamento. Era el sacerdote quien interpretaba la ley; el profeta, por su parte, llamaba la atención sobre los desafíos concretos de la voluntad divina en el presente o en el futuro (Jer 18,18). Ambos tenían que conocer, comprender experiencialmente las realidades divinas sobre las que habían de hablar (Jer 14,18; cf Os 4,6; Mal 2,7).
En el Nuevo Testamento aparecen varios grupos de personas asociados a la enseñanza y la interpretación de la voluntad divina. Los autores sagrados fueron más que teólogos, ya que su reflexión formaba parte de la revelación de Dios a su pueblo. Los >apóstoles, los >profetas y los >maestros estaban todos ellos comprometidos además en el ministerio de la palabra y de la enseñanza. En el período inmediatamente posterior al Nuevo Testamento estos oficios y carismas continuaron, pero con una insistencia cada vez mayor en el papel del obispo como maestro y garante de la ortodoxia.
En el siglo II encontramos personas que no eran obispos pero que desempeñaban un papel de enseñanza y reflexionaban sobre los misterios. Ejemplos de ello son >san Justino, que era laico, y >Orígenes, que siendo laico, antes de ordenarse sacerdote, estuvo al frente de una escuela catequética. En la época patrística, sin embargo, los que enseñan la fe y reflexionan sobre sus implicaciones son en su mayoría obispos; aunque san Atanasio (+ 373) estuvo presente en el concilio de >Nicea I como diácono, y san Efrén, el único >doctor de la Iglesia sirio, era diácono y estaba al frente de una escuela diocesana de teología. San Jerónimo, otro de los doctores de la Iglesia, era sacerdote.
En la primera Edad media los que se dedicaban a hacer teología eran todavía principalmente obispos, pero hacia el siglo XI empezó a ser cada vez mayor la aportación de los monasterios. La teología se enseñó también en las escuelas catedralicias. A finales del siglo XII, las escuelas de París y poco después de Bolonia y deotros lugares empezaron a convertirse en comunidades de estudio, configurándose cada una como una universitas de estudiantes y un collegiumde maestros. En 1222 París tenía cuatro facultades: artes liberales, medicina, teología y el Decretum (derecho canónico).
A mediados del siglo XII la institución de las grandes universidades había adquirido la forma que mantendría durante siglos. Un estudiante de teología estudiaba primero las artes liberales y la filosofía. Luego, al cabo de unos años, se convertía en baccalarius biblicus, que podía «recorrer con soltura» (de ahícursor biblicus) un texto de las Escrituras. Con el tiempo pasaba a ser un sententiarius, expositor de las Sentencias de Pedro Lombardo (t 1160), el manual de teología que sirvió de modelo hasta la Reforma. Esta posición era la de un aprendiz de maestro. Uno llegaba a ser maestro a través de un proceso de «iniciación», consistente en un examen público a cargo de otros maestros que duraba dos días. El maestro era por encima de todo un exegeta, magister in sacra pagina. Sólo un maestro podía «decidir» una cuestión o determinar el significado de un pasaje de la Escritura; este daba una respuesta definitiva, unadeterminatio, que en autores medievales como santo Tomás suele introducirse con las palabras respondeo dicendum. Cada universidad tenía varias cátedras magisteriales de teología: el clero secular tenía varias, y las órdenes mendicantes una o dos cada una. Había rivalidad entre ellas, a menudo por envidia de los maestros seculares.
Santo Tomás distingue un doble oficio magisterial (>Magisterio), el pastoral y el académico: el de las cathedrae pastoralis/pontificalis de los obispos y el de lascathedrae magisteriales de los maestros de teología. El primero, basado en la caridad consiste en la potestad de enseñar y gobernar; el segundo, basado en el conocimiento, confiere la oportunidad de enseñar a los otros. No parece conveniente usar hoy este lenguaje, ya que podría dar la impresión de que se establece un >magisterio paralelo o alternativo. Las universidades llevaban a cabo también una enseñanza de carácter más público. Las universidades, unas veces, afirmaban doctrinas, como la Universidad de París, que en 1497 se puso a favor de la inmaculada concepción; otras veces, condenaban errores, como la Universidad de Oxford, que condené a >Wycliffe y >Hus.
Las relaciones entre los obispos y los teólogos han sido a menudo tirantes, desde la Edad media hasta la época actual. Hubo épocas en las que la colaboración fue importante, come en el concilio de >Trento, en el que fueron los teólogos los que realizaron el trabajo preliminar, sometiéndole luego al juicio de los padres conciliares. Después de Trento y tras el establecimiento de los seminarios (>Sacerdocio ministerial), además de enseñar en las universidades, los teólogos se dedicaron a enseñar teología a los que se preparaban para la ordenación. En el período que va de la Edad media al Vaticano II, casi todos los teólogos fueron sacerdotes u obispos.
El >Vaticano II fue un momento de fructífera colaboración entre los teólogos y los obispos. Durante los trabajos de preparación del concilio. los peritos en teología fueron en gran medida conservadores y configurados en moldes romanos. La presión de los miembros del concilio hizo que muchos de los mejores teólogos que había en la Iglesia tuvieran un papel en las labores conciliares, como periti y, en cuanto tales, miembros habituales de una o varias comisiones, o como teólogos personales de los obispos. El gran número de teólogos presentes entonces en Roma aseguró un verdadero pluralismo en los debates conciliares, contribuyendo de manera notable a la riqueza de los textos finales.
Si tomamos en cuenta la descripción operativa que hemos hecho del teólogo como el que explica e interpreta la revelación divina, puede argüirse que todo cristiano es un teólogo en virtud del sentido de la fe (LG 12; >Lumen gentium). Pero, en un sentido más estricto, nos encontramos con dos descripciones importantes del teólogo. En Oriente es una persona cualificada, en posesión de unos grados académicos (licenciatura o doctorado) y que se dedica profesionalmente y de lleno a la teología, generalmente a través de la enseñanza o la escritura.
En Oriente, el acento se pone en otra cosa; la idea fundamental es la de alguien que hace experiencia personal de los misterios divinos. El teólogo se caracteriza, no tanto por la formación, cuanto por la contemplación, especialmente de la trinidad. Por eso, los tres teólogos paradigmáticos son Juan el Teólogo (el Evangelista), Gregorio de Nacianzo (t 389) y Simeón el Nuevo Teólogo (t 1022). Gregorio de Nacianzo pone como ejemplos de grandes teólogos a Moisés, Elías y Pablo. Y observa que para ser teólogo hay que cumplir los mandamientos, buscar la pureza de corazón, evitar los meros razonamientos y técnicas humanos y contemplar las cosas celestes. P. Evdokimov señala que la teología es una labor que se realiza en el Espíritu, y cita a san Macario, que dice que el teólogo es un theodidaktos («enseñado por Dios»), y a san Simeón, que dice que es el Espíritu quien convierte a un erudito en teólogo.
En el período posconciliar el disenso se ha convertido en una cuestión importante. Se plantean, al parecer, dos problemas. A las autoridades eclesiásticas no les gusta que se publiquen ideas erróneas, en nuestros días frecuentemente críticas. Este primer problema, dada la realidad de los medios de comunicación modernos, es irreversible. Otra queja de las autoridades eclesiásticas se refiere a la enseñanza cuestionable practicada en las facultades de teología, escuelas y seminarios. Especialmente a un nivel de pregraduación, las autoridades de la Iglesia tienen derecho a insistir en que la enseñanza sea ortodoxa. Para garantizarlo existen ciertos procedimientos jurídicos: puede exigirse a los profesores una profesión pública de fe (professio fidei, >Credos y profesiones de fe); ciertos tipos de libros pueden necesitar licencia eclesiástica (imprimatur, >Censura); se pueden hacer advertencias (monitum), generalmente por parte de la Congregación para la doctrina de la fe, acerca de la obra de un teólogo. La medida más importante es la «licencia» requerida a los profesores de seminarios y a los miembros de facultades eclesiásticas: «Quienes explican disciplinas teológicas en cualquier instituto de estudios superiores deben tener mandato de la autoridad eclesiástica competente» (CIC 812). Los institutos a que se refiere el canon no parecen ser los seminarios, que tienen su propia legislación: en cada caso es el obispo el que nombra y cesa a los profesores del seminario (CIC 253). Quienes enseñan en facultades eclesiásticas parecen necesitar todavía una misión canónica, como solía decirse en los documentos de la Santa Sede desde el siglo XIX hasta incluso en 1979, si bien se ha argumentado que la legislación sobre el mandato reemplaza esta necesidad. Conviene notar que, dado que la ley es restrictiva, «disciplinas teológicas» ha de entenderse en sentido estricto, es decir, restringido (cf CIC 18); incluiría la teología sistemática o dogmática, así como la teología histórica, moral y sacramental, la historia de la Iglesia, la liturgia, la Escritura y el derecho canónico, pero no el resto de las disciplinas.
Los canonistas han apuntado algunos problemas: la situación particular [de las Universidades en todo el mundo] hace que estas disposiciones sean difíciles de cumplir; la ley se presta fácilmente a abusos, a intentos de ahogar la libertad académica, y puede suscitar dificultades con respecto a las leyes civiles; no se garantiza suficientemente la posibilidad de recurrir. Como ocurre en cualquier legislación, no se puede legislar confiando simplemente en la aplicación sabia y prudente de las leyes. Lo que está en juego, no obstante, es algo esencial: las autoridades de la Iglesia tienen derecho a asegurarse de que la doctrina oficial se transmita lealmente. En el caso de facultades que, por la ley civil, están fuera del alcance del control de la Iglesia, o, como ocurre más frecuentemente, cuando los profesores tienen su puesto reconocido ante la ley civil, la Congregación romana puede declarar que una determinada persona ha dejado de ser considerado teólogo católico.
La >Comisión Teológica Internacional publicó en 1975 un documento titulado Tesis sobre la relación entre el magisterio eclesiástico y la teología. Aunque ignorado y reemplazado en parte por posteriores documentos de la Santa Sede, muchas de sus ideas siguen siendo válidas. Es probablemente más rico que los documentos a los que hoy acudimos.
Aunque tal vez ocasionada por problemas de disenso, la instrucción de la >Congregación para la doctrina de la fe La vocación eclesial del teólogo tiene muchos aspectos positivos. Desarrolla las cualidades requeridas a los profesores de teología con mayor amplitud que el Código de Derecho canónico (CIC 810; 252; 253-254) y llena un vacío en las enseñanzas del Vaticano II, que menciona a los teólogos sólo de paso (LG 67; GS 44; PO 19; DV 23; UR 1 1; cf OT 14, 16; UR 10). Subraya que la teología es una búsqueda común de la verdad (nn 1, 21) y que es una labor asistida por el Espíritu (nn 5, 6, 17). Los teólogos están en el corazón del pueblo (n 6), haciendo una aportación importante: «En tiempos de grandes cambios espirituales y culturales la teología es muy importante. Sin embargo, está expuesta a riesgos, ya que ha de esforzarse por "permanecer" en la verdad (cf Jn 8,31) teniendo en cuenta al mismo tiempo los nuevos problemas con que se enfrenta el espíritu del hombre. En nuestro siglo, especialmente durante el período de preparación y aplicación del concilio Vaticano II, la teología contribuyó mucho a profundizar en "la comprensión de las realidades y las palabras transmitidas" (DV 8). Pero experimentó también y sigue experimentando momentos de crisis y tensión» (n 1). La instrucción señala las múltiples facetas de la labor teológica: la búsqueda de la comprensión de la fe (n 6); la comunicación de la fe y la esperanza dentro de la Iglesia y en su vocación misionera (n 7); la interpretación de la revelación (n 10), y el uso de normas hermenéuticas para hacer una interpretación correcta de los textos del magisterio (n 34). El trabajo del teólogo es también diverso: sondear la palabra de Dios en la Escritura y en la tradición (n 6); exponer la fe (n 7); tener en cuenta «los requisitos epistemológicos de la disciplina, las exigencias de las rigurosas normas críticas y la verificación racional de cada una de las fases de la investigación (n 9); trabajar interdisciplinarmente (n 10); consagrarse desinteresada y pacientemente al servicio del pueblo de Dios (n 11); gozar de una libertad de investigación real, pero limitada (n 12); estar dispuesto en determinadas circunstancias a plantear cuestiones acerca de las intervenciones magisteriales (n 24); estar animado por el amor a la Iglesia (n 31) e interpretar los textos del magisterio (n 34). En un texto importante se trata de la relación entre la teología y el magisterio —cuestión que subyace en realidad a toda la instrucción—: «La teología y el magisterio ciertamente son de naturaleza distinta y tienen misiones diversas y no pueden confundirse. No obstante, desempeñan ambos funciones vitales en la Iglesia, que han de penetrarse mutuamente y enriquecerse entre sí para el servicio del pueblo de Dios» (n 40).
Es tarea de la teología articular esta relación lo mejor posible. Pero se imponen ciertas distinciones necesarias. El magisterio enseña con autoridad, de un modo que reclama la sumisión religiosa de la mente y de la voluntad (LG 25; >Magisterio, >Congregación para la doctrina de la fe). A menos que el teólogo esté exponiendo la revelación, sus afirmaciones no tienen ningún carácter vinculante, sino que han de juzgarse a la luz de los argumentos aducidos. El magisterio se preocupa sobre todo por el mantenimiento de la tradición —tiene una función conservadora en el sentido más propio de la palabra—. Es al teólogo al que le corresponde ser creativo. El teólogo se dedica a investigar y reflexionar sobre la revelación a la vista de los problemas contemporáneos, ejerciendo un papel crítico dentro de la Iglesia. El juicio último acerca de la validez de su obra corresponde al magisterio «último» porque está también el juicio de sus colegas teólogos y, más en general, de la Iglesia a través del >sensus fidei. Los teólogos actúan por medio del carisma y del dominio de su disciplina, y pueden ser, aunque no siempre, profetas. El magisterio es por lo general institucional (>Carisma).
Las reacciones ante la instrucción han sido diversas. Aunque se han recibido bien por lo general sus afirmaciones positivas, se ha criticado la estrechez con que trata el tema del >disenso. Parece, en concreto, que subraya el papel interpretativo y conservador del teólogo, sin prestar suficiente atención al papel creativo de la teología. Podría haber ofrecido además orientación más positiva a los que están implicados en la enseñanza magisterial". El documento parece transmitir, por otro lado, la impresión de que, cuando hay problemas, lo más probable es que sea el teólogo el que está equivocado. Probablemente la situación óptima es una sana tensión entre el magisterio y los teólogos. Si esta tensión desaparece, es probable que los teólogos o el magisterio, o ambos a la vez, estén fallando en su función".
Intelectualismo socrático
El intelectualismo socrático o intelectualismo moral socrático es aquel que identifica la virtud como el conocimiento. Según Sócrates, bastaba el conocimiento de lo justo (la autognosis) para obrar correctamente. Según ésta doctrina, las malas acciones son producto del desconocimiento, esto es, no son voluntarias, ya que el conocimiento de lo justo sería suficiente para obrar virtuosamente
Sócrates (470 a.C. al 399 a.C.) desarrolló la teoría del intelectualismo moral partiendo de la base del dualismo antropológico, es decir, a partir de la afirmación que el hombre está formado por una parte material (el cuerpo) y una parte no material (el alma), sin tener ésta última un significado religioso y la vez siendo la parte más importante del hombre (de ahí la frase “Conócete a ti mismo”). Por tanto, se da supremacía a los valores internos, y la salud del hombre residirá en su alma. Ésta salud será únicamente alcanzable a través de la virtud (hacer lo correcto), la cual, a su vez, se alcanza mediante el conocimiento (de la verdad, no del erudito). Es decir, ser virtuoso conducirá a una conducta justa, la cuál llevará a la felicidad y la satisfacción.

La tesis esencial del intelectualismo moral es la siguiente: la experiencia moral se basa en el conocimiento del bien. Sólo si se conoce qué es el bien y la justicia se puede realizar el bien y la justicia. Sócrates hace las siguientes consideraciones a sus conciudadanos: cuando uno de vosotros está enfermo no propone una votación entre los miembros de la familia para establecer qué remedio es adecuado para curar la enfermedad: ocurre más bien que llama al médico y se somete a su juicio y recomendaciones; cuando un ejército quiere derrotar al enemigo no se realiza una consulta popular para establecer el modo de atacar, es el estratega quien decide el modo de dirigir a los soldados y plantear las batallas; cuando queremos levantar un edificio no hacemos una votación para decidir el modo de construirlo, dejamos que sea el arquitecto quien imponga su criterio. Y pregunta a continuación Sócrates: ¿Por qué cuando se trata de lo más importante de todo, que es el bien de la ciudad y todas las leyes que son adecuadas para la convivencia entre los ciudadanos, dejamos que todo el mundo opine y nos sometemos a la mayoría y no llamamos a aquél que sabe? Para el intelectualismo moral los asuntos morales y políticos tienen que ser cosa de expertos. Esta propuesta socrática puede dar lugar a interpretaciones políticas antidemocráticas y elitistas (como, por cierto, se ve claramente en la filosofía política de su discípulo Platón).

El punto de vista de Sócrates está aquejado de cierta ambigüedad: cuando Sócrates pide que en la base de la moral y la política se encuentre el conocimiento ¿a qué conocimiento se refiere? Podemos distinguir entre el saber hacer algo y el saber en qué consiste ese algo. Por ejemplo, el artista sabe hacer belleza, pero es muy posible que no sepa en qué consiste la belleza, ni qué pasos concretos hay que seguir para alcanzarla. El primer tipo de saber es un saber entendido como destreza (bien sea corporal o espiritual) para la realización de algo, y el segundo tipo es un saber entendido como conocimiento explícito y consciente de algo (como ocurre por ejemplo en la ciencia). Es fácil observar que estas dos formas de saber no tienen que ir necesariamente unidas, así el historiador y el crítico del arte pueden saber explícitamente muchas cosas relativas a la belleza, pero es muy posible que no sepan crear arte ni belleza. Parece ser que Sócrates pedía un conocimiento del segundo tipo como garantía de las acciones buenas y justas. De ahí la confusión que creaba en sus interlocutores cuando les preguntaba por una definición de aquello para lo cual se les suponía expertos.

Nuestras convicciones vulgares parecen contrarias al intelectualismo moral pues creemos que alguien puede saber que algo está mal y sin embargo realizarlo. Para el intelectualismo moral la perfección moral es una consecuencia de la perfección del intelecto o razón; sin embargo otros autores como Aristóteles se acercarán más al punto de vista corriente al considerar que el conocimiento no es condición suficiente para la conducta justa y buena. Este autor pondrá como fundamento de la práctica moral la perfección de la voluntad más que la perfección del intelecto: la conducta buena no depende tanto del conocimiento como de la disciplina de la voluntad en la realización de las acciones justas. Así, desde el punto de vista de Aristóteles y en contra del intelectualismo moral, cabe concluir que seguramente para ser justo es necesario saber realizar la justicia, pero aquí esta palabra no designa un conocimiento explícito y teórico de la justicia sino la posesión de una habilidad o disposición para la realización de acciones justas.
EL EMPIRISMO.
El empirismo clásico abarca los siglos XVII y XVIII, por lo que se sitúa tanto en la época barroca como en la Ilustración. Es una corriente de pensamiento básicamente inglesa, en una Inglaterra peculiar con respecto al resto de Europa. Las revoluciones burguesas contra el absolutismo de 1640-1650, comunes a toda Europa, sólo lograron triunfar en Inglaterra, donde al poder económico de la burguesía se sumó el poder político de la nobleza. Tras un período de graves crisis políticas y guerras civiles, se instaura en 1688 la monarquía parlamentaria, triunfando así los intereses económicos, políticos y culturales de la burguesía. A partir de ahora será Inglaterra la potencia a imitar, y entre los inspiradores de la Ilustración destacarán dos ingleses: Locke (teórico del liberalismo político) y Newton (ciencia).

Antecedentes del empirismo los encontramos en la escuela de Oxford del siglo XIII y la comente nominalista posterior.

Coincide con el racionalismo en considerar el problema del conocimiento como e¡ asunto central de la filosofía, pero las respuestas son, en general, opuestas. Por otra parte, tanto racionalismo como. Empirismo toma como modelo la ciencia moderna pero mientras los primeros lo hacen en su aspecto matemático, los segundos recogen la importancia de la experiencia.

Las características principales del empirismo son:

1.El origen del conocimiento es la experiencia. La mente es una

"Tabla rasa" que ha de ser rellenada de contenido empírico. Se niegan

Por tanto las ideas innatas que defendía el racionalismo.

2. El conocimiento humano tiene un límite: la propia experiencia.

Todo conocimiento que pretenda ir más allá de la experiencia es o meramente probable o dudoso. El escepticismo de Hume será el más
 claro ejemplo de desavenencia con la pretensión racionalista de un conocimiento absoluto.

3. Todo conocimiento es conocimiento de ideas. Se conocen las ideas, no las cosas. En esto coinciden con el racionalismo. En George Berkeley esta tesis conducirá a un idealismo radical (negación de la realidad material).

4. La razón es una razón crítica (examina sus límites y posibilidades) que queda invalidada para asuntos metafísicos, por lo que su tarea debe inclinarse a cuestiones prácticas (políticas, morales,...).

Los principales representantes del empirismo clásico son Locke, Berkeley y Hume.

John Locke (1632-1704). De gran actividad política, teórico del liberalismo político, sus teorías inspiran las revoluciones burguesas de su país, las teorías políticas de la Ilustración francesa y la Constitución de los Estados Unidos. Desde el punto de vista de la teoría del conocimiento, aunque con alguna influencia racionalista, es el fundador del empirismo. Pensaba que todo posible conocimiento deriva de la experiencia. De ella recibimos información que configúralas ideas simples (color, olor, figura, ...), y a partir de éstas elaboramos /deas complejas (las distintas sustancias). A qué realidad extramental hagan referencia estas ideas derivadas, es de lo que no sabemos nada. Sus principales obras son Dos tratados sobre el gobierno civil, y Ensayo sobre el entendimiento humano.
QUE ES EL METODO CIENTÍFICO?
Tenemos tres definiciones básicas que nos explican el concepto de lo que es el método científico y son:
1) El método científico es el conjunto de procedimientos lógicos que sigue la investigación para descubrir las relaciones internas y externas de los procesos de la realidad natural y social.
2) Llamamos método científico a la serie ordenada de procedimientos de que se hace uso en la investigación científica para obtener la extensión de nuestros conocimientos.
3) Se entiende por método científico al conjunto de procesos que el hombre debe emplear en la investigación y demostración de la verdad.
EL METODO CIENTIFICO ES RACIONAL
Es racional porque se funda en la razón, es decir, en la lógica, lo cual significa que parte de conceptos, juicios y razonamientos y vuelve a ellos; por lo tanto, el método científico no puede tener su origen en las apariencias producidas por las sensaciones, por las creencias o preferencias personales. También es racional porque las ideas producidas se combinan de acuerdo a ciertas reglas lógicas, con el propósito de producir nuevas ideas.
EL METODO CIENTIFICO ES ANALÍTICO

El método científico descompone todo lo que trata con sus elementos; trata de entender la situación total en términos de sus componentes; intenta descubrir los elementos que componen cada totalidad y las interrelaciones que explican su integración. Por tal razón, los problemas de la ciencia son parciales y así con sus soluciones, mas aun: los problemas son estrechos al comienzo, pero van ampliándose a medida que la investigación avanza.
EL METODO CIENTIFICO ES CLARO Y PRECISO
La claridad y la precisión del método científico se consigue de las siguientes formas
Los problemas se formulan de manera clara, para lo cual, hemos de distinguir son los problemas e, incluiremos en ellos los conceptos o categorías fundamentales.
El método científico inventa lenguajes artificiales utilizando símbolos y signos; a estos símbolos se les atribuye significados determinados por medio de reglas de designación.
EL METODO CIENTIFICO ES VERIFICABLE
Todo conocimiento debe aprobar el examen de la experiencia, esto es, observacional y experimental. Por tal razón la ciencia fáctica es empírica en el sentido de que la comprobación de sus hipótesis involucra la experiencia; pero no es necesariamente experimental y, por eso, no es agotada por las ciencias de laboratorio.
EL METODO CIENTIFICO ES EXPLICATIVO
Intenta explicar los hechos en términos de leyes, y las leyes en términos de principios; ademas de responder al como son los cosas, responde tambien a los porques, porque suceden los hechos como suceden y no de otra manera.
La explicación científica se realiza siempre en términos de leyes.
OBJETIVO DEL METODO CIENTIFICO
El método científico busca alcanzar la verdad fáctica mediante la adaptación de las ideas a los hechos, para lo cual utiliza la observación y la experimentación.
El método parte de los hechos intentando describirlos tales como son para llegar a formular los enunciados fácticos que se observan con ayuda de teorías se constituye en la materia prima para la elaboración teórica.
3.2 ESTRUCTURA DEL METODO CIENTIFICO
Cuando se analiza un determinado fenómeno se procede sistemáticamente, siguiendo una serie de etapas establecidas en sus pasos fundamentales. Esta secuencia constituye el denominado método científico, o experimental que se estructura de:
OBSERVACIÓN O EXPERIMENTACIÓN
La observación consiste en un examen critico y cuidadoso de los fenómenos, notando y analizando los diferentes factores y circunstancias que parecen influenciarlos.
La experimentación consiste en la observación del fenómeno bajo condiciones preparadas de antemano y cuidadosamente controladas. Sin la experimentación la Ciencia Moderna nunca habría alcanzado los avances que han ocurrido.
Los laboratorios son esenciales para el método.
ORGANIZACIÓN
Se refiere al análisis de los resultados cualitativos y cuantitativos obtenidos, compararlos entre ellos y con los resultados de observaciones anteriores, llegando a leyes que se expresan mediante formulas o en palabras.
HIPÓTESIS Y TEORIA
En este paso se propone explicaciones tentativas o hipótesis, que deben ser probadas mediante experimentos. Si la experimentación repetida no las contradice pasan a ser teorías. Las teorías mismas sirven como guías para nuevos experimentos y constantemente están siendo sometidas a pruebas. En la teoría, se aplica razonamientos lógicos y deductivos al modelo.
VERIFICACIÓN Y PREDICCION

El resultado final es la predicción de algunos fenómenos no observados todavía o la verificación de las relaciones entre varios procesos. El conocimiento que un físico o investigador adquiere por medios teóricos a su vez puede ser utilizado por otros científicos para realizar nuevos experimentos para comprobar el modelo mismo, o para determinar sus limitaciones o fallas. El físico teórico entonces revisa y modifica su modelo de modo que este de acuerdo con la nueva información. En esta interrelación entre la experimentación y la teoría lo que permite a la ciencia progresar continuamente sobre una base sólida.
3.3 IMPORTANCIA DE SU UTILIZACIÓN
Como ya se analizado anteriormente este método científico es de vital importancia para la ciencia en general, porque ha sido la responsable directa de todos los avances que se han producido en todos los campos científicos y que por ende han influido sobre nuestra sociedad.
Gracias a sus componentes estructurales y a lo que busca en si este método a dado los pasos necesarios para que grupos de científicos dedicados a su materia vayan descubriendo y detectando fallas en teorías predecesoras a las suyas.

 EL HOMBRE COMO SER SOCIAL Y POLÍTICO
Desde que nacemos entramos a un mundo peculiar, a un ámbito eminentemente humano. Ello significa que vivimos compartiendo hábitos, costumbres, tradiciones, lengua y sobre todo normas, valores y leyes con otros seres humanos. Y a este mundo o ámbito humano se le llama también sociedad. Vivir en sociedad es en suma, desde el punto de vista sociológico y antropológico: convivir con los otros.

Aristóteles, uno de los más importantes filósofos de la antigüedad griega, define al hombre como un animal político, lo que en otros conceptos significa, que como humanos necesariamente tenemos que vivir en sociedad. No cabe la menor duda, nacemos humanos, pero lo humano no es meramente biológico, lo genéticamente dado en cada uno de nosotros. Los demás seres vivos, nacen ya genéticamente programadas para ser lo que son, y no pueden hacer otra cosa de lo que viene dado en su programa biológico.

Los seres humanos, al vivir en sociedad, a diferencia de los animales, nos educamos, nos transformamos para bien o para mal, ya que fuera del ámbito social esto no sería posible. Por esta razón el mismo Aristóteles nos dice que fuera de la sociedad sólo podrán existir los dioses o las bestias.

Se podría decir que la diferencia entre los seres humanos y los animales radica, entre otras cosas, en el grado de inteligencia que desarrollan; sin embargo, la inteligencia humana conlleva la capacidad de poder transformar el mundo. Marx entendió esta capacidad humana productiva no solamente como una transformación que genera bienes de consumo, sino también una capacidad humana productiva no solamente como una transformación que genera bienes de consumo, sino también una capacidad que nos permite producir valores culturales.

Un individuo requiere de la sociedad para poder formarse y proyectar como ser humano. Podemos decir que las normas o reglas sociales permiten en gran medida la convivencia, ya que regulan nuestra conducta y formas de relacionarnos con los demás. La tolerancia, la justicia y la solidaridad, entre otros valores, se hacen patentes en una comunidad integrada por seres humanos que ordenan sus vidas ya en lo individual o en lo social, de acuerdo a formas de vida, principios, valores, normas y leyes establecidas justamente para garantizar el bien común.